Plaza del Inmigrante y Plaza de la Diáspora Dominicana

Este artículo presenta dos intervenciones urbanas que dignifican el espacio público dominicano: la Plaza del Inmigrante con el Monumento a los Cocolos en San Pedro de Macorís y la Plaza de la Diáspora Dominicana en Santo Domingo. Ambas obras fueron diseñadas por la Red Caribeña de Urbanismo y Arquitectura (Recua). Integran memoria, identidad y territorio mediante arquitectura conmemorativa que transforma enclaves estratégicos en espacios cívicos significativos.

Las intervenciones urbanas en el malecón de San Pedro de Macorís y en la Plaza de la Diáspora Dominicana situada en el cruce de dos importantes vías del Distrito Nacional representan dos aproximaciones complementarias a la dignificación del espacio público contemporáneo.

Ambas transforman enclaves urbanos altamente visibles en lugares de memoria, identidad y convivencia, y fortalecen la relación entre ciudadanía, historia y ciudad. En San Pedro, la operación adquiere un carácter paisajístico y conmemorativo vinculado al frente costero, mientras que en Santo Domingo actúa sobre un nodo urbano complejo reorganizando flujos, cualificando la infraestructura peatonal y generando espacios de permanencia con sentido cultural. Ambas obras confirman el valor de la arquitectura pública como instrumento de cohesión social y de lectura crítica del territorio.

Plaza del Inmigrante, San Pedro de Macorís

El Monumento a los Cocolos se desarrolla como una pieza de arquitectura conmemorativa que recupera la memoria de la historia migratoria de San Pedro de Macorís y su estrecha relación con la diáspora afroantillana que arribó a finales del siglo XIX y marcó el desarrollo social, económico y cultural de esa ciudad. Emplazado sobre el malecón, la obra establece un vínculo directo con el paisaje marítimo que marcó la travesía de quienes llegaron desde las islas británicas del Caribe para incorporarse a la naciente industria azucarera dominicana.

La propuesta incorpora una intervención artística inspirada en el poema «Los inmigrantes» de Norberto James Rawlings, escritor petromacorisano y descendiente cocolo. El monumento se compone de cuatro monolitos de acero, intencionalmente oxidados, en cuyos planos se graban las estrofas correspondientes a cada una de las cuatro secciones del poema. La incorporación del texto literario añade una capa emocional y cultural que enriquece la lectura del conjunto, un diálogo entre historia, arte y arquitectura.

Los monolitos se erigen sobre robustas bases de hormigón armado, concebidas para evocar los rompeolas. Esta elección formal y material alude a las tensiones, esfuerzos y resiliencia implícitos en el proceso migratorio. El acabado pulido de los muros reproduce el efecto de desgaste provocado por el mar, incorpora la erosión como un gesto poético que enlaza arquitectura y memoria. Dispuestos a lo largo de 35 metros dentro de la rotonda, los monolitos configuran un recorrido que articula dos espacios conmemorativos fundamentales: uno que representa el Arco Antillano y las naciones de origen de los inmigrantes, y otro que simboliza la ciudad de San Pedro de Macorís.

Como intervención urbana, la pieza opera en dos dimensiones complementarias: por un lado, constituye un hito simbólico que reconoce oficialmente la presencia cocola y su aporte a la identidad dominicana, por otro, se configura como un espacio público de contemplación y encuentro en la franja costera, amplía la oferta cultural del malecón y lo consolida como un corredor patrimonial.

La inauguración fue integrada al programa cultural del Mirex, fortaleció los vínculos con los países del Caribe anglófono y reafirmó la visión de una República Dominicana abierta a su diversidad. La participación de los Guloyas, custodios del teatro Cocolo Danzante reconocido por la Unesco, añadió una dimensión performativa viva y subrayó el carácter culturalmente integrado de la obra.

En síntesis, el Monumento a los Cocolos articula memoria, identidad y territorio. Su diseño sobrio, su narrativa material y su emplazamiento costero lo posicionan como un nuevo referente de arquitectura pública en el Caribe contemporáneo.

  • Plano de conjunto

Plaza de la Diáspora Dominicana, Distrito Nacional

La Plaza de la Diáspora Dominicana reconfigura el remanente de una antigua rotonda de los años setenta cuyo trazado quedó fragmentado cuando la avenida Bolívar pasó a tener un solo sentido. Este cambio eliminó los giros hacia el este en la dirección norte-sur y generó dos espacios residuales separados por la vía central. La intervención convierte estos fragmentos urbanos en un conjunto articulado de espacios cívicos que integran memoria, movilidad y paisaje urbano.

El espacio sureste fue apadrinado por la empresa Vimenca durante más de dos décadas y albergó originalmente la plaza dedicada al prócer venezolano Francisco de Miranda, junto a dos astas de banderas y un busto. Con la nueva intervención, estos elementos se reubican estratégicamente en el triángulo noreste, donde se crea un espacio conmemorativo más adecuado. Allí, un banco de hormigón con la silueta de la costa pacífica sudamericana integra los nombres de los países que alcanzaron su independencia vinculados a la gesta de Miranda. El triángulo sureste se destina a la Plaza de la Diáspora Dominicana, que tiene como punto central y focal el Monumento a la Diáspora Dominicana realizado por Ezequiel Taveras.

El monumento está concebido para ofrecer distintas lecturas a públicos de formaciones diversas, y simboliza al dominicano que se desplaza y se integra en el mundo. Sobre la esfera metálica que representa el globo terráqueo, unos aros externos están planteados como vectores en movimiento y sugieren las rutas sobre las cuales se desplazan las figuras que representan a los dominicanos que trabajan y sostienen a sus familias desde la distancia. Las siete figuras encarnan oficios presentes en la diáspora dominicana: doctora, estudiante, obrero de la construcción, modelo, atleta, niñera y trabajador de almacén.

La presencia de la empresa vinculada al envío de remesas se incorpora de manera sutil y subraya que no solo se transportan recursos económicos o cajas de provisiones, también se movilizan afectos, vínculos y la continuidad emocional con los seres queridos. Cada figura sostiene un corazón —modelado en cerámica, un sello característico del artista— que simboliza tanto el compromiso laboral como el lazo afectivo que los conecta con la isla. Las figuras, cuatro mujeres y tres hombres, aluden a las estadísticas que reflejan una mayor presencia femenina en el exterior y un contacto más constante con la familia. Toda la estructura del monumento es de acero inoxidable y fue construida en sitio, mientras que las figuras se hicieron en taller.

Un componente clave de la intervención es el Muro del Reconocimiento, una iniciativa que amplía la idea de homenaje al incluir no solo figuras públicas, sino también a personas comunes de la diáspora, clientes históricos que por décadas han enviado remesas a través de Vimenca. El muro integra además a dominicanos y descendientes en el exterior reconocidos por el Index por sus aportes académicos, profesionales, culturales y cívicos.

La propuesta urbana conserva las palmas reales existentes, integra un flamboyán de valor simbólico y complementa con vegetación endémica de bajo mantenimiento. La topografía se aprovecha como recurso de diseño para generar distintos niveles de intimidad y lectura espacial entre ambas plazas.

El proyecto actualiza integralmente la infraestructura peatonal mediante pavimentos podotáctiles, rampas accesibles, aceras ampliadas, mejora de la ciclovía y nuevos bici-parqueos, junto con obras de drenaje, iluminación urbana, señalización y pavimentación. Se consolida así una intervención que combina memoria, accesibilidad y calidad urbana en un nodo estratégico de la ciudad.

  • Plano de conjunto

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