Setenta portadas

70 portadas

En 25 años pudieron haber sido 100 ó 75, si se suponen trimestrales o cuatrimestrales. Pero eso siempre dependerá de diversos factores. El momento en que estas portadas surgen influye mucho. Discurren y existen, se debaten en un prolongado tiempo que por económico, existencial y político, se ve afectado colateralmente, o beneficiado, lo que quiere decir que siempre gravita un algo endógeno y otro algo exógeno, que no se ve pero se siente, principalmente entre quienes tiene el reto de seguir haciendo portadas de esas que ocultan contenidos. Quiénes piensen que puede ser fácil no saben realmente cómo se hacen las portadas.

Las portadas son relojes de cuerda automatizados que definen tiempos, circunstancias, momentos, tendencias, técnicas y tecnologías. También son termómetros que miden temperaturas ambientales, climas sociales, ecologías insostenibles o sostenibles que, siendo urbanas o rurales, sirven o no al ser humano. Las portadas son pasarelas de las fugaces modas de expresiones momentáneas que definen tendencias de usos y gustos, que enfatizan costumbres o desdeñan tradiciones, innovando o atesorando las herencias culturales.

Trascienden los accesorios y permiten husmear los contenidos, tentadoras y retadoras porque deben llevar dentro más de un atractivo; siendo diversas, deben ser diferentes y muy distintas porque deben agradar, encantar, fascinar e ir mucho más allá de la espera periódica del próximo número. Escribimos sobre portadas, sobre tapas de revistas, que no son cotidianas, sino que vienen y se las espera espaciadas convenientemente como para permitir una retroalimentación en la que la siguiente se pueda reencontrar con la anterior y así dar seguimiento, sino exterior, por lo menos interior, al tinglado de emboscadas que suponen las escrituras insinuadas, los evidentes gráficos, las impactantes fotografías y las sorprendentes ilustraciones que, como reto visual, deben acompañar muy bien las letras, los números y símbolos que completan el conjunto de expresiones que componen el lenguaje siempre sugerente de las revistas.

Las 70 de Arquitexto son cosa aparte. Manifiestan un proceso de lecturas, sencillas en principio, que con el tiempo quizás derivan en un algo complejas, y en ocasiones abstractas y hasta de complicadas interpretaciones (como una de verde biológico que bien pudo explotar el excelente contenido allí discreta y secretamente oculto). Es fácil deslindar las dos etapas que zanjan la perseverante entrega de la revista Arquitexto. Iniciadas en 1986, cuando pausaron y regresaron en 1996, una leve fisura de contextuales rugosidades y profundidades relativas había abierto una brecha que demandaba atención de contemporaneidad. La puesta al día no fue óbice ni la recuperación del tiempo pausado, necesario para reflexionar enfoques y relanzarse mucho más profesionalmente. Habían crecido también las exigencias y las demandas críticas empezaron a aflorar editorialmente, y también en contenidos, mayormente bajo el tamiz de lo esencialmente urbanístico.

Arquitexto rompía el tabú y se mostraba enfrentándose a una realidad social y económica que hacía políticamente que la cuestión urbana, y hasta la arquitectónica, padeciera de escabrosidades singularizadas por las tomas de decisiones sin consenso, impuestas caprichosamente. El testimonio está impreso, ha quedado para la posteridad, como mudo y excepcional jurado de la historia que ha visto cómo la capital dominicana fue llevada obsequiosa y políticamente al caos sanitario, al de circulación, al de salud pública, al de higiene ambiental urbana, al constructivo, al ocupacional del territorio, al fraccionamiento del espacio, al del reparto comercial de cualquier lugar, al de la atomización burocrática (hay decenas de oficinas estatales en zonas residenciales de barrios tradicionales) y al de la cualquierización moral (al sur de Gazcue, la calle Pasteur, entre las avenidas George Washington e Independencia, es un solo lupanar) en donde el Centro de los Héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo no hace honor a su nombre.

Esencialmente ilustradas, las portadas suelen balbucear un mudo lenguaje de insinuaciones gráficas que, por lo regular, se rodean de pinceladas literales, casi siempre ajenas al contexto visual que las hace atractivas en la mínima universalidad de su breve contenido. Una portada puede ser muy elocuente o no decir nada o tan poco, porque precisamente tampoco quiere expresar nada que no sea posible averiguar dentro, donde discurren los textos, los pretextos y las excusas expresas que completan el juego paradójico de simbolismos convencionales o no, que forman el tinglado de informaciones.