Postales del espacio en Bangkok. De los templos de Buda a los “templos” comerciales

Después de conocer las tribus y los campos de arroz de Chiang Rai, los templos alucinantes de Chiang Mai, el parque histórico de Sukhothai, patrimonio de la Unesco, y las playas idílicas (aunque no comparables con las dominicanas) de las islas de Ko Samui y Ko Tao, parecía que Bangkok no tendría mucho más que ofrecer y que sería solamente el lugar donde curar el agridulce cansancio de un largo viaje. Sin embargo, Bangkok me sorprendió con una cara cosmopolita y agitada, muy distinta a los lugares ya visitados en el “país de la libertad”.

Bangkok, con más de mil quinientos kilómetros cuadrados y aproximadamente diez millones de habitantes (que la llaman Krung Thep Mahanakhon), da los buenos días como lo hace cualquier metrópoli bautizada por el caos. El ferrocarril Chumphon-Bangkok, con más de dos horas de retraso, intentaba cruzar los elevados atestados de vehículos como en las horas pico de nuestra ciudad caribeña. Acercándose a la estación, aparecen los primeros paisajes urbanos: en el horizonte las torres coronadas con las palabras Marriot, Hilton, Sheraton, y en primer plano, las mesas, patios y tendederos de los hacinamientos de la periferia. Bangkok se anunció llena de contrastes y así fue hasta el final del viaje.
En la estación central de ferrocarril Hua Lamphong me agobian los taxistas informales en busca de su respectivo “picoteo” y los taxistas formales negados a encender los taxímetros me obligan a tomar el bus público. Así comienza mi recorrido por el Barrio Chino y el Sukhumvit, hasta entrar en la isla de Rattanakosin. Desde el bus se empiezan a sentir los olores de la ciudad: comida, orina y humo se mezclan y crean un “aroma” peculiar que solamente es aplacado por el fuerte olor a picante que sale de los carritos ambulantes y que hace estornudar incluso al más autóctono de los tailandeses. Comprar la máscara que usan los habitantes locales es indispensable.
La calle más famosa de toda la ciudad es la Khao San, favorita de los mochileros por ofrecer todo tipo de hospedaje a los precios más módicos de la ciudad. Esta calle, junto a la de Rambuttri, constituyen un nodo donde gente de todo el mundo se encuentra.
Khao San es la reina del ruido, los mercadillos de regateo, los carritos de comida ambulante que ofrecen desde grillos, gusanos de seda y cucarachas de río hasta comida chatarra local y de cadenas norteamericanas.