Tiempos de COVID-19: Urbanismo, Auscultar para transformar

La crisis sanitaria ha puesto en evidencia patologías arraigadas en la República Dominicana que acompañan la dinámica cotidiana del territorio, lo cual nos permite analizar los impactos producidos para construir un modelo de ordenamiento distinto que contribuya a atender el momento presente y futuro.

La pandemia global que impacta a nivel nacional nos permite auscultar el potencial y las necesidades de las ciudades para producir las reformas temporales y las transformaciones permanentes necesarias.

Expreso Kennedy esq. Av. Abraham Lincoln, Santo Domingo. Foto: Pedro Braulio Álvarez

Una mirada hacia el territorio

Desde el Gobierno nacional se han implementado diversas iniciativas para hacer frente a la expansión del virus en el país, con programas orientados a la provisión de servicios de salud, la asistencia social, la seguridad ciudadana y la protección de toda la población.

Aunque al igual que en la mayoría de los países las iniciativas descansan principalmente en la capacidad y gestión del Gobierno nacional, la crisis sanitaria ha demostrado la necesidad de desconcentrar las medidas para proveer respuestas locales ajustadas a la necesidad de cada demarcación.

Es así como se han incorporado en el trabajo las estructuras desconcentradas del sector salud y desde la Comisión de Alto Nivel para la Prevención y Control del Coronavirus (cuadro 1) se instruyó la activación de los comités provinciales de prevención, mitigación y respuesta a ser coordinados por las gobernaciones provinciales; al igual que los comités municipales coordinados por los alcaldes de cada uno de los municipios.

La COVID-19 ha permitido ver las bondades de contar con un modelo desconcentrado de atención y respuesta (cuadro 2), sustentado en un esquema multiescalar que involucra los dos niveles de gobierno, el nacional y el municipal, junto con un nivel intermedio de articulación entre ambos. La desconcentración del Gobierno nacional se materializa al activar dos niveles de contraparte: la contraparte articuladora y la contraparte operativa.

En momentos como este, el modelo contribuye a elevar la efectividad de las estrategias para la provisión de información, salud, asistencia social, seguridad y recuperación de las actividades básicas en cada uno de los rincones de la geografía nacional; de igual manera, permite ajustar las acciones a cada una de las demarcaciones afectadas, lo cual es una garantía para la fiscalización y el cumplimiento de lo establecido. Sin embargo, el modelo desconcentrado es un recurso que debe ser implementado en el país para identificar, implementar y monitorear acciones sustentadas en las necesidades y el potencial para fomentar el desarrollo territorial.

La estructura del modelo desconcentrado tiene tres ámbitos de trabajo: información, planificación y gestión; son ámbitos útiles para realizar cualquier proceso de atención y respuesta en el territorio. De esta manera se diseñan las medidas desde el Gobierno nacional con la participación de las contrapartes identificadas y se asignan roles institucionales para garantizar su cumplimiento. La contraparte articuladora asentada a nivel regional es una entidad desconcentrada del Gobierno nacional para la administración, monitoreo y seguimiento de las medidas establecidas, mientras que la contraparte operativa descansa en los ayuntamientos como entes responsables de la coordinación local y la implementación de las acciones junto con los sectores público y privado presentes en cada demarcación.

La incorporación de los ayuntamientos como contraparte operativa permite ampliar el alcance de las labores necesarias a nivel local, para aplicar las medidas a nivel barrial, identificar necesidades a nivel de hogar y proveer la asistencia a nivel individual.

Una mirada desde el territorio

La relación de los casos confirmados de COVID-19 como resultado de la transmisión comunitaria en el país muestra una mayor presencia del virus en las zonas urbanizadas, con una concentración de más de la mitad de los contagiados en el Gran Santo Domingo y la provincia de Santiago (cuadro 3).

Esta crisis sanitaria de implantación urbana requiere una mirada de la ciudad a partir de dos elementos: los cambios de los patrones cotidianos que se han visto interrumpidos por el distanciamiento social y la existencia de patologías estructurales no solucionadas que afloran con la crisis en cuestión. La reflexión de los elementos a partir de la caracterización de cuatro actividades claves: trabajar, comprar, habitar y desplazarse (cuadro 4), permite identificar los cambios temporales y las transformaciones definitivas requeridas a nivel arquitectónico y urbano.

Trabajar. Los patrones cotidianos que históricamente utilizamos para trabajar fueron modificados por un nuevo formato que permitió la continuidad de labores, reuniones, clases o entrenamientos a través de las plataformas virtuales. Estos cambios obligatorios pueden convertirse en transformaciones permanentes para ahorrar tiempo y ser más eficientes en el desarrollo de las actividades cotidianas. Este nuevo formato demanda mejoras sustanciales de los equipos y conexiones domiciliarias, al igual que anticipa modificaciones de los espacios de oficina individuales.

Comprar. Las medidas de distanciamiento social interrumpieron tanto la forma de adquirir las provisiones básicas como la manera en la cual nos vinculamos con las entidades financieras, con los proveedores de servicios, los restaurantes y quienes suministran productos de salud. La asistencia a estos establecimientos se hizo cada vez más peligrosa, lo que llevo a imponer limitaciones de horario y de personas en los establecimientos. Estas restricciones se combinaron con la posibilidad de vincular los productos y mercancías con los clientes, por un lado, a través de la masificación de la banca por Internet para el pago de los servicios y, por otro, la capacidad de acercar las mercancías de los supermercados, colmados, restaurantes y farmacias a los clientes a través de los servicios de envío o “deliverys” o el marchante que se abastece del mercado.

Habitar. Para un segmento importante de la población, no es fácil habitar y permanecer en casa debido a las condiciones de hacinamiento, la deficiencia de la provisión de servicios públicos o las precariedades de las viviendas. Los datos disponibles (cuadro 5) muestran que el 42.4 % de las viviendas localizadas en el Distrito Nacional se encuentran localizadas en tugurios, realidad que se asemeja al resto de las zonas urbanas del Gran Santo Domingo, debido a la ocupación de cañadas, márgenes de los ríos y lugares de alta vulnerabilidad. Las precariedades destacadas como resultado de la permisividad de los ayuntamientos como administradores del territorio colocan en riesgo un segmento importante de la población expuesto al avance de la pandemia y a condiciones locales previstas para el resto del año, como la proliferación de casos de dengue e influenza, o el inicio de la temporada ciclónica.

El resto de la población que habita en zonas consolidadas cubre sus necesidades de servicios con infraestructuras particulares de saneamiento, agua y energía para garantizar las condiciones de habitabilidad; sin embargo, las deficiencias del sistema de espacios públicos a escala de vecindario no permiten la realización de cierto tipo de actividades que en su defecto se realizan en las calles, grandes parques o en la azotea de los multifamiliares.

Mover. El triángulo de las actividades básicas se conecta con el traslado de personas y mercancías, para materializar los desplazamientos que se han visto limitados por los periodos obligatorios de permanencia en casa. Los desplazamientos de personas han sido los más afectados en este tiempo de distanciamiento social, ya que se estableció una reducción del uso de los modos masivos de transporte colectivo, lo cual incide en un incremento de los desplazamientos motorizados individuales. La dependencia de los medios motorizados es el resultado de un patrón de ocupación del suelo que hace la ciudad más lejana, compleja y desordenada.

Mientras la restricción de salir de los hogares por el toque de queda sea obligatoria, se podrán controlar los desplazamientos individuales, sin embargo, el riesgo de los próximos meses está en el aumento de la circulación del parque vehicular privado ante la necesidad de desplazarse y no contar con un transporte colectivo disponible.

En el trasporte de carga no se han producido restricciones importantes, más bien el momento les ha permitido transitar a cualquier hora por las ciudades y el país; sin embargo, las pausas obligatorias han demostrado las ventajas económicas y de seguridad vial que tiene el país al momento de que el transporte de carga circule con un horario exclusivo y sin la presencia del grueso del parque vehicular, para lo cual se necesita adecuar toda la cadena de producción a los nuevos horarios.

RESPUESTA: UNA CIUDAD CERCANA

La caracterización de las actividades impactadas por las medidas de distanciamiento social muestra su fragilidad, magnificada por el evento inesperado, pero históricamente presente en cada rincón de la ciudad. Por lo tanto, la respuesta a los cambios de los patrones cotidianos debe servir para mejorar esta condición y construir la ciudad COVID-19, entendida como un espacio atrapado temporalmente por los riesgos de contagios que necesita de ajustes para adaptarse a la nueva normalidad. Al mismo tiempo, esta respuesta debe contribuir a implantar medidas permanentes para solucionar patologías que han sido históricamente postergadas.

Además del conjunto de medidas adoptadas por el Gobierno nacional para empujar la reactivación de la economía nacional, también se necesitan medidas de carácter local que contribuyan a la recuperación de la economía urbana como aporte al desarrollo nacional. La respuesta se encuentra en reinventar el espacio urbano incorporando la articulación armónica de las actividades para convertirla en una ciudad cercana (cuadro 6) y no lejana, una ciudad de proximidades en lugar de dificultades, una ciudad que nos permita habitar en viviendas dignas con servicios públicos eficientes, priorizando la atención de la población vulnerable, con espacios verdes próximos a la residencia, una ciudad para trabajar incorporando las tecnologías en las labores cotidianas que nos acerquen sin la necesidad de desplazarnos, reduciendo los traslados, para aprovechar mejor el tiempo y transformar los espacios de trabajo de acuerdo con las nuevas actividades. Una ciudad donde la compra se realice a diez minutos del hogar, acercando la oferta a la demanda, fomentando los movimientos peatonales, transformando las grandes superficies en pequeños centros de abastecimiento que provean las necesidades del vecindario. Esto permitirá que las personas se desplacen según un esquema ambientalmente sostenible con menos contaminación, menos congestión vehicular, mayor fluidez en los desplazamientos, lo cual acerca la gente a su necesidad, en lugar de trasladarlos con “velocidad” por toda la ciudad para ser parte de la congestión, la contaminación y la inseguridad.

Caso de estudio: reinventar el Gran Santo Domingo

Una de las zonas con un mayor número de contagios es el Gran Santo Domingo, debido a su vínculo con el exterior del país, la densidad de sus barrios, la morfología de sus asentamientos precarios, el alto nivel de hacinamiento y la hiperconcentración de las principales actividades sociales, económicas y políticas del país en un 2.98 % del territorio nacional. Durante las últimas décadas, el Gran Santo Domingo ha crecido en población y extensión (cuadro 7), y acumulado problemas estructurales que han aflorado con la crisis sanitaria más importante que le ha tocado vivir a la presente generación.

De manera que una ciudad cercana se materializa cuando cada zona urbana de los municipios que componen esta metrópolis establece un modelo de ocupación a través de unidades de gestión (gráfico 8) que fomenten un nuevo patrón de uso de suelo para regular la oferta y la demanda en cada unidad, garantizando así el acercamiento del consumo, los servicios y la residencia con un sistema de conexión adecuado al barrio. Dentro de estas unidades se consolidan superpolígonos (gráfico 9), para agrupar parcelas, manzanas o espacios estratégicos para acercar a la gente proveyendo una mejor seguridad, mejor movilidad urbana, nuevos espacios públicos y fomentar un entorno natural saludable.

La situación ha servido también para poner de relieve las deficiencias de un patrón de ocupación fragmentado que a su vez ha dejado residuos incompatibles en el territorio que aniquilan las posibilidades de vivir en una mejor ciudad… en una ciudad cercana que vincula actividades complementarias para construir una nueva normalidad que beneficie a sus habitantes.

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