La poética de la arquitectura

En su discurso de ingreso como miembro de número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, José Enrique Delmonte Soñé reflexiona sobre la arquitectura como lenguaje, acto de pensamiento y experiencia poética capaz de vincular espacio, memoria y habitar. Explora sus relaciones con la lingüística, la narrativa y la intemperie, y destaca la manera en que el diseño construye significados, identidades y refugios que trascienden lo material para convertirse en imágenes perdurables.

Viene a mi memoria la primera semana de inicio del doctorado en Lingüística y Literatura, en la que estuve rodeado de una veintena de compañeros dispuestos a completar el último ciclo de formación académica de esa primera promoción. Como era de esperarse, el profesor nos invitaba a presentarnos para darnos a conocer y así saber del arco formativo de sus alumnos.

Casi todos los compañeros provenían de escuelas de lengua, especializados en temas relacionados con el ámbito de la lingüística y sus diferentes ramificaciones, excepto dos, ambos arquitectos. Cercanos a la literatura, tanto Marcos Blonda como yo considerábamos idóneo emprender esta formación de alto nivel para ampliar la visión que teníamos sobre el quehacer literario. Pero los compañeros mostraban una inquietud silente por nuestra presencia en un espacio que ellos entendían como suyo, parte de su cotidianidad, de su actividad docente, de su manera de relacionarse con el mundo.

En uno de los recesos en los que comenzamos a reducir las distancias y comportarnos como grupo, surgió aquella pregunta que resonó en la sala: ¿Qué buscan ustedes en este doctorado si no son profesores de lengua? Alguien dijo —como para suavizar la pregunta— que nosotros estábamos allí “porque ya habíamos emprendido una labor creativa con la literatura y que eso contribuiría a fortalecerla”. Se mantuvo la duda y otro alcanzó a decir que nosotros “estábamos entrenados solo para hacer casas y edificios, y no para los asuntos lingüísticos”. Imaginémonos ese ambiente en el que primaba la risa y las distintas respuestas sobre nuestro interés particular. Éramos, en efecto, los raros.

Entonces me atreví a dar mi opinión, escuchada con atención por todo el grupo: “¡Estamos aquí porque la arquitectura es un lenguaje! Como tal, tiene sus reglas compositivas, su léxico particular, su morfología, su organización expresiva y sus complejidades y contradicciones”. Con su silencio continué más o menos así: “La arquitectura contiene significados, maneja códigos de comunicación y se sostiene en la relación entre lo materializado y lo trascendente. Comienza en lo abstracto, en el pensamiento que se transforma en imágenes y se convierte en objeto. Es un elemento semiótico, un vínculo entre lo físico y lo simbólico, una apuesta a la perdurabilidad”.

Blonda agregó que la teoría de la arquitectura muestra el desarrollo de un oficio que se sostiene en conceptos y criterios estéticos, expresiones, gestos, comprensión del espacio y de sus particularidades, de las dimensiones y el tiempo, del funcionalismo y la plástica, de la belleza y de su capacidad para contener y transformarse. La arquitectura busca, agregaba Blonda, “más allá de su sentido práctico, hablar, decir muchas cosas, completar frases y provocar interpretaciones individuales”. Y concluimos diciendo que, según algunos teóricos, es la poesía del hecho construido. Cuando un edificio ejerce ese poder de expresión a través de su lenguaje, se convierte en un poema. Tengan por seguro que poco a poco dejaron de vernos como los raros y pasamos a integrarnos en igualdad en las exigencias de la academia.

Por supuesto, dicho de esa manera se genera una pregunta ineludible: ¿Es toda la arquitectura eso que se ha dicho? Decididamente no. Como no todo uso del lenguaje es literatura o poesía. El lenguaje y la arquitectura existen porque son imprescindibles en la manera de relacionarnos con los otros, por un lado, y la necesidad de refugio y sentido de lugar, por el otro. Más allá de la necesidad primaria, existe un uso y una búsqueda particular que contiene dificultades que forman parte de la riqueza de ambas disciplinas.

I

En principio, la arquitectura es un artefacto articulado desprovisto de vida. Sin embargo, como lo expresa el filósofo y lingüista Ludwig Wittgenstein, “la arquitectura siempre eterniza y sublima algo. Por eso no puede haber arquitectura donde no hay nada que sublimar”. De ahí se desprende que no toda construcción es arquitectura, sino un mero objeto para albergar y facilitar funciones. Hay una conciencia del quehacer arquitectónico que pocos llegan a comprender, incluso los propios arquitectos cuando no exploran las facetas más densas del hecho arquitectónico.

¡No nos confundamos al ver un edificio novedoso que surge en nuestras ciudades como si se tratara de arquitectura! La mayoría de los edificios son respuestas a necesidades propias de la cotidianidad o piezas dentro del amplio mundo del mercado inmobiliario. Cumplen un rol determinado. La arquitectura es otra cosa: tan compleja en su propia concepción, tan audaz que se adelanta a la posibilidad de construirse, tan táctil que ofrece estimulantes efectos estéticos, tan sutil que permite descubrir sus misterios, tan extraña que nos obliga a guardar silencio ante su poder y consistencia. “La arquitectura es tan dúctil que se presta para muchas sugerencias”, nos dice Charles Jencks. En 1943, Pevsner planteaba las diferencias entre construcción y arquitectura: “Un cobertizo para bicicletas es una construcción; la Catedral de Lincoln es una pieza de arquitectura […] el término arquitectura se aplica solo a los edificios con miras al atractivo estético”.

Por siempre se ha tratado de definir la arquitectura, razón para aceptar su maleabilidad conceptual. En la centuria que nos precede se trató de sintetizarla en el espacio, origen y esencia de su razón; más adelante, se concentró en la idea de lugar, de personalización y de identidad; en tiempos recientes, se mezcla en definiciones tripartitas: energía-entorno-ecología (muy acorde con la preocupación ambientalista —recordemos que los edificios son los mayores productores de dióxido de carbono del planeta—) o sintaxis-semántica-escultura.

Mientras Vitrubio en el siglo I hablaba de que la “arquitectura se basa en el orden, la disposición, la eurritmia, la simetría, la propiedad y la economía”, resumida en la tríada firmeza, comodidad y deleite, veinte siglos después Le Corbusier apostaba a la luz como su valor fundacional: “La arquitectura es el juego señorial, atinado y magnífico de masas, ensambladas por la luz”. Zaha Hadid la trató como “expresión de ideas a través del espacio y la forma, de manera dinámica, fluida y abierta”, mientras que Peter Zumthor la considera como “el arte de construir atmósferas y significados a través de espacios que nos emocionan y nos hacen sentir presentes en el mundo”. Rem Koolhaas provoca con lo siguiente: “La arquitectura es una herramienta para sobrevivir a la realidad, no para embellecerla […] registra, organiza o incluso amplifica las fuerzas que configuran la ciudad y la sociedad”. Por su parte, Álvaro Siza sostiene que “los arquitectos no inventan nada [sino que] transforman la realidad”. Estas aproximaciones son enunciados para arquitectos. Por eso, Mies van der Rohe les recuerda a ellos con ironía: “Nunca hables con un cliente sobre arquitectura. Háblale de sus hijos. Eso es simplemente buena política. La mayoría de las veces no entenderá lo que tengas que decirle sobre arquitectura”.

Sea cual sea la definición que han ofrecido los arquitectos y los teóricos de la arquitectura a través de la historia, la arquitectura es un acto de pensamiento. Pensar es la razón de ser de la arquitectura: pensar e imaginar, captar y decidir, enfrentar y sugerir, ofrecer y transformar, armar y fluir. Es una manera de leerla, recorrerla, disfrutarla antes del primer trazo. La arquitectura es un acto de futuro. En palabras del finlandés Keijo Petäjä, “es un espacio mental construido”. Al pensar, el arquitecto dialoga consigo mismo, imagina espacios y los recorre, los percibe en lo óptico y en lo háptico, escucha sus ruidos y sus silencios, los arma y los destruye. Es una realización antes de que exista.

En consecuencia, el arquitecto habita mucho antes la arquitectura imaginada y luego la comparte, la traslada hacia un objeto que terminará en forma y contenido, en significados y emociones, en el que la novedad se acopla con la tradición y establece una vinculación individual con los usuarios en el tiempo. Como afirmó el poeta francés Noël Arnaud, “soy el espacio donde estoy”.

Para establecer una simple diferencia entre la arquitectura y la construcción —tantas veces confundidas por una gran mayoría a pesar de que se vinculan en la práctica, en el imaginario arquitectónico, en ese espacio atemporal en que se establecen jerarquías y criterios para concretar una forma—, primero se piensa en el habitar y luego en el construir. De acuerdo con Christian Norberg-Schulz y citando a Heidegger,

[…] es justamente por esta relación entre el construir, el habitar y el pensar que la arquitectura puede ser poética. […] La poesía es lo primero que consigue que el hombre pertenezca a la tierra y así lo introduce el habitar […] El hombre habita solo en cuanto es capaz de construir en el sentido de poéticamente tomar-medida. Los edificios auténticos solo existen si existen poetas, estos poetas han de tomar-medidas-para-la-arquitectura, o sea para la estructura de un construir. […] [Por consiguiente,] la poesía y el habitar no solamente se excluyen el uno al otro sino que se pertenecen […] La poesía —y con ella la arquitectura en cuanto poética— opera con ‘imágenes’ […] y será la que sea capaz de convertir el objeto en imagen.

En el poema En la hermosa azulada, Friedrich Hölderlin nos dice: “Poéticamente, el hombre habita”.

La poética en la arquitectura no está supeditada a la capacidad de los diseñadores de articular formas autónomas ni de seguir reglas sintácticas universales, como señala Muntañola, sino en el compromiso de la mímesis arquitectónica como acción, como representación del fin de la arquitectura: establecer la conexión entre el pensamiento y el lenguaje como raíz de la poética que contiene.

II

En los últimos años se han producido avances en la tecnología de la programática y el diseño paramétrico; en el medioambiente y la ecología; en la materialidad avanzada y la fabricación digital; en la inmersividad y en la realidad extendida. También en la arquitectura comunitaria y en metodologías participativas; estudios lingüísticos-discursivos; y narrativa-memoria. Todos forman parte de los distintos escenarios de convergencia y divergencia que interactúan con la estética, la retórica, la sociología, la historia, la comunicación, la economía, la ingeniería y otras disciplinas con la arquitectura. Me limitaré, como es de esperarse y para los fines de este texto, a los dos últimos: estudios lingüísticos-discursivos y narrativa-memoria.

En primer lugar, la confluencia contemporánea entre arquitectura y lingüística articula tres vectores fundamentales: primero, una semiótica posestructuralista y pragmática que desplaza el sentido hacia el acto comunicativo; segundo, una lingüística cognitiva que revela el anclaje corporal y conceptual de la experiencia arquitectónica; y tercero, un análisis crítico y computacional que problematiza la producción y legitimación del discurso proyectual. Podemos verlo brevemente en los siguientes campos de investigación:

– Lejos de reducir la arquitectura a un simple “lenguaje de formas”, los estudios recientes articulan enfoques semióticos, cognitivos, computacionales y críticos, y revelan la compleja producción de sentido que ancla la forma construida en contextos sociales, culturales y tecnológicos.

– La transformación comienza con la superación del modelo estructuralista de la arquitectura como sistema cerrado de signos, modelo influido originalmente por Saussure y desarrollado en clave arquitectónica por Roland Barthes (1967) y Umberto Eco (1976). Estos autores pusieron en evidencia que la arquitectura no se limita a representar significados estables, sino que los produce a través de la interacción entre emisores, receptores y códigos compartidos.

– Posteriormente, la semiótica posestructuralista y la teoría de la enunciación, tratadas por Benveniste y Ducrot, desplazaron el foco desde la estructura al acto enunciativo, con lo cual se enfatizó el carácter situado, histórico y performativo del espacio: la arquitectura no es solo texto, sino también discurso.

– Simultáneamente, la lingüística cognitiva aportó un marco para repensar la dimensión conceptual de la experiencia arquitectónica. Lakoff y Johnson demostraron que las metáforas conceptuales no son adornos retóricos, sino estructuras profundas del pensamiento que modelan el diseño y la percepción.

– Fauconnier y Turner, en su teoría de la integración conceptual, describieron cómo combinamos dominios dispares para construir sentido espacial e iluminar fenómenos como la “ambigüedad programática” tan celebrada por Rem Koolhaas.

– La crítica posmoderna y deconstruccionista —representada por Derrida y Kristeva— ha destacado la dimensión intertextual del proyecto arquitectónico: cada forma remite a otras formas, cada discurso es un palimpsesto de discursos anteriores. Este enfoque cuestiona la autonomía formal y visibiliza la densidad histórica y cultural inscrita en el espacio.

En segundo lugar, la relación entre arquitectura y la narrativa-memoria, que reconoce que los espacios no solo se construyen materialmente, sino también como relatos e inscripciones simbólicas que median la experiencia colectiva. En Tiempo y narración, Paul Ricoeur sostuvo que narrar es la vía privilegiada para dar sentido al tiempo vivido, una perspectiva que, aplicada a la arquitectura, redefine el proyecto como un acto hermenéutico que ordena secuencias espaciales para configurar una “trama” construida.

En este sentido, la arquitectura no solo materializa programas sino que inscribe y actualiza relatos de identidad, trauma o resistencia. Un ejemplo paradigmático es el Monumento del Holocausto de Peter Eisenman, en Berlín, en el que la ausencia de un discurso lineal da paso a una experiencia fragmentaria y perturbadora, lo que evidencia que la memoria arquitectónica se construye más como pregunta que como respuesta.

También Umberto Eco defendió la idea de la “obra abierta”, en la que el sentido se completa a través de la interpretación activa del usuario. En la arquitectura, esta postura desplaza la autoría absoluta del proyectista y permite que el espacio funcione como un texto polisémico, susceptible de múltiples lecturas.

III

Finalmente, quiero adentrarme al espacio más íntimo de la relación de la arquitectura con la poética. Hay aspectos fundamentales para que la arquitectura pase de ser un instrumento de acopio a una oportunidad para generar eventos de memoria y reductos de satisfacciones. El gran empuje para entender el poder de la poética de la arquitectura es —posiblemente— la palabra intemperie. La RAE la define como ‘A cielo descubierto, sin techo ni otro reparo alguno’.

En efecto, cuando estamos sin techo somos vulnerables a muchas amenazas y sensibles a eventos desalentadores. Es la manifestación más tangible del desamparo. La intemperie y el desamparo se convierten en parte de nuestros miedos ancestrales, tan cercanos a la deshumanización. También la poesía manifiesta lo que Joan Margarit llamó la intemperie moral, “ese vacío emocional que no tiene solución técnica, como el que surge de una pérdida o una desilusión”. Para Margarit, la poesía y la arquitectura actúan como refugio “en medio del hielo y la niebla, rodeado por la inclemencia de la intemperie, este amparo siempre nos está esperando”. Frente a ella, la poesía actúa como consuelo y la arquitectura como cobijo.

La configuración de la arquitectura como refugio se materializa en la idea de la casa. Apenas los niños comienzan a entender el mundo, se les pide que dibujen una casa. Intuitivamente trazan un cuadrado con un triángulo arriba para representarla. Si les pedimos que dibujen una iglesia, tomarían la casa y le colocarían una cruz en el techo; si les pedimos que sigan dibujando escuelas, hospitales, oficinas, seguirían usando el núcleo inicial de la casa y le agregarían elementos identitarios que definan esas otras funciones.

Por eso, el arquitecto chino Wang Shu, ganador del premio Pritzker 2012, dice: “Para mí, cualquier tipo de arquitectura, sea cual fuere su función, es una casa. Solo proyecto casas, no arquitectura. Las casas son sencillas. Siempre mantienen una relación interesante con la verdadera existencia, con la vida”. Una casa se apropia de un lugar seleccionado. El lugar sin la casa es multidimensional, es una apuesta al infinito. Con la casa ese lugar se convierte en un “escenario concreto, íntimo y único” y se ejecuta la acción ontológica del ser humano: habitar. Juhani Pallasmaa nos recuerda que el habitar “convierte el espacio insustancial en espacio personal, en el lugar y, en última instancia, en el domicilio propio […] es un intercambio y una extensión: por un lado, el habitante se sitúa en el espacio y el espacio se sitúa en la conciencia del habitante y, por otro, ese lugar se convierte en una exteriorización y una extensión de su ser, tanto desde el punto de vista mental como físico”.

Habitar, por tanto, es un intento de domesticar el espacio y de colocarle límites para transmitirle lo que somos y que nos represente. Una casa guarda los eventos de la cotidianidad, los íntimos, los significativos, los exultantes y los tristes. Una casa es una verdad edificada.

En su libro La poética del espacio, Gastón Bachelard nos recuerda que todos tenemos nuestra “casa onírica”, es decir, el imaginario de nuestro hábitat, el mismo comportamiento que tuvimos de niños al usar el cuadrado y el triángulo para visualizar lo potencialmente concreto. Jung nos recuerda la casa como arquetipo, “sin significado específico, sino una tendencia de una imagen a provocar ciertas emociones, reacciones y asociaciones”.

CASAS DE LA MEMORIA. Hay arquitecturas que nunca habitamos, pero que sentimos propias. Las conocemos a través del cine, la literatura o las artes. La casa de Psicosis, el hotel de El resplandor o la mansión de Lo que el viento se llevó muestran cómo la arquitectura, mediada por la ficción, se fija en la memoria colectiva y construye una poética del recuerdo

Y hay casas de otros que recordamos o con las cuales establecemos una relación afectiva a través de las novelas, del cine, las artes plásticas o las plataformas digitales. ¿O acaso no recordamos como “nuestra” la casa Wuthering Heights, de Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë; el Club de la Serpiente, del Horacio Oliveira de Rayuela, de Julio Cortázar; la Casa Bates de Psicosis, de Alfred Hitchcock; la mansión de El resplandor, de Stanley Kubrick; la Casa Tara de Lo que el viento se llevó, de Víctor Fleming; la Casa Park, de Parásitos, de Bong Joon-ho, o la Casa Tepeji 22, Colonia Roma Sur, de la película Roma, de Alfonso Cuarón? Son tan concretas en nuestra memoria como los íconos Casa de la Cascada, de Frank Lloyd Wright; Villa Savoye, de Le Corbusier; Casa Eames, de Charles y Ray Eames; Casa Fransworth, de Mies van der Rohe; Casa Malaparte, de Curzio Malaparte; Casa Giraldi, de Luis Barragán; Casa Rietveld Schröder, de Gerrit Rietveld; Casa Moebius, de Ben van Berkel, o el cercano Palacio Virreinal de Diego Colón y María Álvarez de Toledo. Porque, como bien recoge Joan Margarit, “Amar es un lugar. Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos. Y también el lugar donde queda la vida”.

Cuando tengo la oportunidad de explorar un inmueble histórico como parte de mi condición de conservador de la arquitectura, me detengo a buscar rastros de sus tantos habitantes en el tacto de los muros, en el imaginario de un amueblado que tuvo, en su bullicio intemporal y en esa soledad a la que le ofrezco mi reverencia y respeto. En el silencio, la casa me habla y le digo, de una manera extraña, ¿qué quieres de mí?, ¿cómo volver a pulsar tus latidos para que renazcas en tu esencia? Y, a pesar de mis esfuerzos, siento que al tocarla expulso esa autenticidad que el tiempo acumuló en ella, ese cúmulo de capas tan denso que tiene olores y misterios. Luego, acepto que yo también soy un artífice del tiempo en ese lugar y un instrumento de futuro. Y sé, además, que este inmueble es uno de los tantos que conforman un espacio mayor de la historia de una ciudad tan extraordinaria como Santo Domingo, tan única en su gótico, tan abierta al renacimiento, recipiente del barroco, del neoclásico, del criollo, del historicismo y del moderno. Tan caótica como sensible, tan absurda como esplendente, tan primigenia como disminuida.

Así, de nuevo en palabras de Pallasmaa, “Las ciudades y los edificios antiguos son acogedores y estimulantes, puesto que nos ubican en el continuum del tiempo; se trata de amables museos del tiempo que registran, almacenan y muestran las huellas de un momento diferente a nuestro sentido del tiempo contemporáneo nervioso, apresurado y plano; proyectan un tiempo ‘lento’, ‘grueso’ y ‘táctil’”. Toda esta experiencia sucede porque la arquitectura es un lenguaje en el que dice y calla, propone y sugiere, emula y crea, adopta significados y contiene signos inamovibles. La arquitectura es un verbo y, por tanto, una acción permanente en el espacio tiempo que se detiene en los sustantivos. Es una metáfora y un cuerpo. Para Bachelard, es “un instrumento para afrontar el cosmos”.

Uno de los arquitectos contemporáneos que sigo con interés es Alberto Campo Baeza, quien ha confesado que se auxilia de la poesía cuando diseña. Para él, “la poesía es un género en el que, con menos palabras, somos capaces de decir más cosas. En un poema cambias una palabra de sitio y, de repente, donde antes no decía nada, en la nueva ubicación suena sublime. Igual pasa en la arquitectura”. Esa escasez de palabras con la cual se trabaja la poesía es similar a la arquitectura. Para Octavio Paz, “la poesía debe ser un poco seca para que arda bien, y de este modo iluminarnos y calentarnos. Pues lo mismo sucede con la Arquitectura”.

Si elegí la arquitectura como profesión lo hice por su complejidad y su capacidad de retarme. Cada día la exploro y decodifico su lenguaje, me dejo arrastrar por sus atrevimientos y sus reglas. Y porque atrapa espacios para hacer lugares, para jugar con lo intemporal. Y si elegí la poesía como camino para un mismo viaje, al decir de Robert Frost, es porque hace la diferencia. Sé que es un trayecto solitario, pero ¿no es en la soledad que ardemos y nos sublimamos? Una apuesta que, según Paul Valéry, “vale mil siglos”.

Termino con un pequeño poema del poeta finlandés Bo Carpelan (1926-2011):

AutorTítuloEditorialLugarAñoNotas
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AristótelesPoética de AristótelesGredosMadrid1974Trad. Valentín García Yebra
Arnaud, NoëlL’Illusion réelle ou les apparences de la réalitéLa Main à PlumeParis1942Certificado de lectura J.-F. Chabrun; dibujos Aline Gagnaire
Barthes, RolandElementos de semiologíaAlberto Corazón EditorMadrid1971Trad. Alberto Méndez
Benveniste, ÉmileProblemas de lingüística general ISiglo XXI EditoresMadrid2004
Bohigas, OriolContra una arquitectura adjetivadaSeix i BarralBarcelona1969
Campo Baeza, AlbertoPrincipia ArchitectonicaDiseño EditorialMadrid20133.ª edición
Carpelan, BoHomecomingCarcanet PressManchester1993
Chomsky, NoamAspects of the Theory of SyntaxMIT PressCambridge1965
Derrida, JacquesTeoría literaria y deconstrucciónArco LibrosMadrid1990
Ducrot, Oswald; Ascombre, Jean-ClaudeLa argumentación en la lenguaGredosAlcalá de Henares1994Trads. J. Sevilla Muñoz y M. Tordesillas
Eco, UmbertoA Theory of SemioticsBloomington, Indiana1976
Fairclough, NormanLanguage and PowerRoutledgeLondres2014
Frederick, Matthew101 cosas que aprendí en la Escuela de ArquitecturaAbada EditoresMadrid2016Trad. Joaquín Chamorro Mielke
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Gadamer, Hans-GeorgPoemas y diálogoEditorial GedisaBarcelona2022
Gage, Fred; Kempermann, Gerd; Song, Hongjun (eds.)NeurogenesisCold Spring Harbor Laboratory PressNueva York2015
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Graaf, Reinier deArchitect, verb. The New Language of BuildingVersoBrooklyn2023
Gregotti, VittorioInside ArchitectureMIT PressCambridge1996
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Koolhaas, RemEstudios sobre (lo que en su momento se llamó) la ciudadGustavo GiliBarcelona2021Trad. Jorge Sainz
Kristeva, JuliaLa Révolution du langage poétiquePoints SeuilMadrid2018
Lakoff, George; Johnson, MarkMetáforas de la vida cotidianaCátedraMadrid2004
Margarit, JoanAmar es dóndeVisor LibrosMadrid2015Colección Visor de Poesía
Margarit, JoanTodos los poemas (1975–2012)Editorial PlanetaBarcelona2015Pról. José-Carlos Mainer
Meschonnic, Henri“Nuevo concepto del ritmo”Comisión Permanente de la Feria del LibroSanto Domingo2000En Crisis del signo
Meschonnic, HenriPara la poéticaEditora de ColoresSanto Domingo1996Trad. Diógenes Céspedes
Muntañola, JosepPoética y arquitecturaEditorial AnagramaBarcelona1981Pról. Xavier Rubert de Ventós
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Nora, Pierre (ed.)Rethinking France: Les Lieux de mémoire Vol. 1University of Chicago PressChicago1999
Pallasmaa, JuhaniHabitarGustavo GiliBarcelona2016Trad. Àlex Giménez Imirizaldu
Pevsner, NikolausThe Sources of Modern Architecture and DesignThames and HudsonLondres2024
Ricoeur, PaulTiempo y narración ISiglo XXI EditoresMéxico2004
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Silva Arévalo, Eduardo“Tiempo y narración de Paul Ricoeur…”Revista Persona y Sociedad2002Vol. XVIII, n.º 3, pp. 109-124
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