El embrujo de la arquitectura vernácula dominicana

Tras muchos años de estudio e investigación de la arquitectura vernácula dominicana, Esteban Prieto-Vicioso y Virginia Flores-Sasso presentan El color en la arquitectura dominicana, obra en la que se destaca ese elemento primordial de la expresión de la colectividad. Su tono optimista es un llamado a seguir estudiándola, valorándola y protegiéndola para que no desaparezca.

El término vernáculo significa ‘nativo, original, propio de un lugar o país’. Sin embargo, al abordar el término desde la antropología social y cultural, así como desde la etnografía y etnología, surge una nueva interpretación mucho más arraigada a las comunidades rurales y a ciertos grupos humanos concretos.

Desde la etnología antropológica surge la definición de arquitectura vernácula que está condicionada por tres componentes esenciales: el predominio del uso de materiales naturales o creados por los individuos de manera artesanal y que se encuentran en el entorno inmediato o en la región; el uso de técnicas y sistemas constructivos tradicionales y artesanales que se transmiten de generación en generación, y la participación del destinatario, en mayor o menor escala. Además, es una arquitectura atemporal que casi no varía y que se ajusta a través del tiempo según van evolucionando las técnicas. Por eso ha incorporado algunos elementos industrializados, como las láminas de cinc en las cubiertas, el cemento en los pisos, además de bisagras, pestillos metálicos y pintura industrializada.

La arquitectura vernácula refleja de una forma directa las maneras de habitar de una comunidad y forma parte de la identidad colectiva mediante un código compartido que, aunque no esté explícito en palabras o escrituras, se entiende y muestra las diferencias mediante distintos rasgos y elementos ornamentales que manifiestan una sutil jerarquía. Además, actúa como referencia territorial, forma parte del paisaje rural y representa la sabiduría ancestral de un pueblo que responde perfectamente a las condiciones bioclimáticas del lugar, y consume muy poca energía o casi nada.

Sin embargo, por lo sencilla y natural que es esta arquitectura, el propio término tiene muchas interpretaciones, pues algunos han llegado a llamarla arquitectura sin arquitecto, arquitectura folclórica, arquitectura autóctona, arquitectura tradicional y muchos nombres más. Otros, como afirma Paul Oliver, la consideran «la ciencia nativa de construir».

La arquitectura vernácula es misteriosa como la misma naturaleza. Nos embruja y nos encanta. Nos llena de nostalgia, añoranzas y recuerdos. Es muy frágil y a la vez muy fuerte. Es resiliente y compleja.

La arquitectura vernácula dominicana es el resultado de la evolución y transformación de la arquitectura indígena, a partir de la llegada de los españoles a la isla, en 1492. La mayor parte de las casas de los nativos eran chozas de planta circular y techo cónico pajizo, y algunas eran de planta cuadrada con techo a dos aguas, y estos modelos no eran extraños para los europeos ya que ellos tenían construcciones muy similares. Tampoco lo eran las paredes formadas por palos parados o verticales, o las paredes de bajareque, que, aunque no eran utilizadas en los caneyes, o vivienda indígena de planta circular, son mencionadas en los bohíos de planta rectangular utilizados principalmente por los caciques.

El europeo comienza a utilizar estas viviendas indígenas, las llama con su nombre nativo bohío y las modifica ligeramente. Lo novedoso para los europeos fueron las palmas y el uso que los nativos les daban, pues de los troncos sacaban tablas para hacer macanas (arma defensiva similar a un machete) y barbacoas, y de las hojas obtenían el material para cubrir las edificaciones. Este material fue adoptado rápidamente por los españoles, en especial la tabla de palma real (Roystonea hispaniolana), pues vieron lo fácil que era extraer las tablas de palma, así como sus características físicas de dureza y durabilidad.

Al adoptar este nuevo material, utilizado en forma de tablas colocadas horizontalmente, cayó en desuso la casa indígena de planta circular y se popularizó la casa indígena de planta cuadrada, pues era más fácil al usar la tabla. Otro aspecto que también aprendieron fue que, para clavarlas a los horcones, debían hacer primero una perforación por donde pasaban el clavo, para no producir una fisura en la tabla.

Para techar las viviendas utilizaban las hojas de palma cana (Sabal domingensis), las hojas de guano (Coccothrinax barbadensis) y la yagua de la palma real. La yagua es el tejido fibroso que envuelve la parte más tierna de la palma real, donde se encuentra el palmito. Es la vaina de cada penca y puede medir hasta un metro y medio de largo. Las cubiertas suelen ser a dos o cuatro aguas.

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