En las últimas cuatro décadas, nuestro país ha transitado de una urbanización acelerada e improvisada hacia una consolidación urbana que genera una conciencia cada vez más firme sobre la necesidad de planificar, proteger y proyectar el territorio con visión estratégica. Este número conmemorativo invita a leer el pasado para comprender el presente y, sobre todo, reflexionar para imaginar con mayor responsabilidad el territorio que aún estamos llamados a construir.
El hecho urbano es complejo, y está compuesto por múltiples capas que se superponen. En este número celebramos cuarenta años documentando las diversas dimensiones que configuran el territorio dominicano. Una mirada a estos artículos permite reconstruir la evolución del pensamiento sobre la ciudad y el territorio de la República Dominicana, así como reconocer avances, identificar oportunidades y señalar tareas aún pendientes. La revista ha sido testigo y plataforma de visualización de esta evolución: desde aproximaciones a la planificación de la gran escala hasta los temas de más reciente debate sobre sostenibilidad, territorios fronterizos, espacio público, infraestructuras, resiliencia y turismo.

Institucionalización de la planificación y el ordenamiento territorial
Al observar esta evolución desde la escala más amplia, la del territorio y la planificación del desarrollo, los artículos publicados permiten constatar avances significativos en la institucionalización de la planificación en la República Dominicana. Se han aprobado importantes marcos legales que permiten fortalecer la institucionalidad del desarrollo y avanzar en la definición de los procedimientos para fomentar una planificación más integral. La presente generación ha sido testigo del trabajo articulado entre el Poder Ejecutivo, el Congreso y la sociedad civil para redactar, consensuar, aprobar y promulgar una serie de normativas claves para establecer reglas claras para el ordenamiento y planificación del territorio, la cuales nos permitan dejar a un lado la discrecionalidad que primaba en el país.
En el año 2006 se aprobó la Ley 498 del Sistema Nacional de Planificación, en la que se establecen instrumentos, procedimientos y espacios de consulta que han sido útiles para vincular el ejercicio presupuestario con la priorización de cada demarcación.
En el 2014 se aprobó la Ley 208, que conforma el Instituto Geográfico Nacional José Joaquín Hungría Morell y a la vez crea el marco institucional necesario para contar con los datos geoespaciales necesarios para una adecuada planificación del desarrollo socioeconómico, la explotación de los recursos naturales, la protección del ambiente y la seguridad del país. Más adelante se promulgó la Ley 345-22 de Regiones Únicas de Planificación, que deja establecidas por primera vez diez regiones que permiten homologar la planificación a nivel regional y a la vez impulsar un enfoque de desarrollo endógeno que contribuya a diversificar las actividades económicas que se producen en cada rincón de la geografía nacional. Finalmente, se aprobó la Ley 368-22 de Ordenamiento Territorial, Uso de Suelo y Asentamientos Humanos, para fomentar un nuevo sistema de planificación que permita organizar los suelos y garantizar que sean utilizados con criterios técnicos. Para ambas leyes se aprobaron sus respectivos reglamentos de aplicación a través de decretos presidenciales. En conjunto, este marco legal y reglamentario configura una base institucional sin precedentes para la planificación del territorio del país.
En cuanto a la institucionalidad del desarrollo, la Ley 496-06 que creó la Secretaría de Economía, Planificación y Desarrollo (luego Ministerio), estableció el Viceministerio de Planificación e Inversión Pública, encargado de articular, bajo una misma estructura, la planificación sectorial, la inversión pública, la planificación territorial y el ordenamiento del territorio. En 2025 este ministerio se fusionó con el de Hacienda y pasó a ser el Ministerio de Hacienda y Economía, lo cual permite acercar la planificación del desarrollo con el manejo de las finanzas públicas. Como parte de este proceso de reforma legal e institucional se creó la Dirección de Desarrollo y Planificación Territorial, la cual aporta criterios espaciales y territoriales para estructurar un modelo financiero para el desarrollo diferenciado por cada demarcación.
Durante los últimos años se han producido una serie de instrumentos de planificación diferenciados por territorios, entre los que se destacan la Estrategia de Desarrollo de la Zona Fronteriza: MiFronteraRD, el Plan San Juan, La Vuelta al Lago y el Plan Enriquillo. Sin duda, el ordenamiento territorial y la concreción de esta legislación representan un avance significativo. Este proceso es solo el comienzo. La implementación de estas leyes constituye un gran reto. En este contexto, es fundamental comprender que el ordenamiento es un constructo social en proceso que determinará el futuro de nuestros territorios.

Turismo como oportunidad para el ordenamiento
Todo este marco legal representa una gran oportunidad para el turismo, una de las actividades económicas más importantes de nuestra nación. Arquitexto ha documentado la evolución de este sector como una oportunidad para ordenar el territorio, recuperar espacios públicos y reconocer el valor de los recursos naturales que sostienen estos paisajes; desde las primeras ediciones con Infratur, organismo financiero creado en los años ochenta para el desarrollo de la infraestructura turística con recursos de organismos internacionales y del Banco Central, que brindó un gran impulso al sector, hasta las más recientes, que incluyen los planes de ordenamiento territorial turísticos y las intervenciones en la infraestructura pública desde su unidad ejecutora por parte del Ministerio de Turismo, Ceiztur.
Durante décadas, el desarrollo turístico dominicano ha tenido una relación ambivalente con el territorio. Gran parte de la arquitectura turística se concibió hacia adentro, en complejos hoteleros autosuficientes donde la experiencia del visitante ocurría dentro de los límites del proyecto. Este modelo, asociado al sistema “todo incluido”, permitió consolidar una industria clave para la economía nacional, pero también dejó amplias zonas del territorio al margen de la experiencia turística.
Con el tiempo, la reflexión urbanística ha comenzado a ampliar esta mirada. Diversas iniciativas de planificación territorial y proyectos urbanos en enclaves turísticos evidencian un cambio gradual en su abordaje. Empieza a abrirse paso una mirada más integral en la que el urbanismo, el espacio público y el paisaje adquieren un papel central. Experiencias de planificación en destinos costeros, así como propuestas para la gestión de playas y la protección del capital natural, muestran cómo el turismo puede convertirse también en un instrumento para ordenar el crecimiento y mejorar la calidad del entorno construido. En este contexto, la arquitectura turística deja de limitarse al edificio hotelero y se proyecta sobre el espacio colectivo: paseos marítimos, plazas, accesos públicos a la playa y sistemas de movilidad que articulan comunidades y visitantes. Este enfoque reconoce que los ecosistemas costeros (manglares, dunas, arrecifes y pastos marinos), además de recursos ambientales, constituyen la base territorial que da sentido al desarrollo turístico.
Visto desde esta perspectiva, el turismo revela un campo fértil para la convergencia entre arquitectura, urbanismo y sostenibilidad. Sin embargo, avanzar en esta dirección implica enfrentar retos urgentes: fortalecer la conciencia sobre la protección del capital natural, mejorar la gestión de las playas como bienes públicos y evitar debilitar el vínculo entre territorio y comunidad a través de la privatización del litoral. La sostenibilidad de los destinos turísticos depende, en gran medida, de cómo se protejan estos sistemas costeros y de la capacidad de integrar desarrollo económico, equilibrio ambiental y vida urbana. Cuando estas condiciones se articulan, el turismo deja de ser únicamente una actividad económica y pasa a convertirse en una oportunidad para construir territorios más habitables. Este cambio enriquece la experiencia de quienes visitan el país, pero sobre todo dignifica la vida cotidiana de quienes habitan estos territorios. En este sentido, las reflexiones acumuladas en las páginas de Arquitexto sugieren que el turismo también puede ser una herramienta para construir ciudades costeras más abiertas, equilibradas y resilientes.
Ciudad Colonial de Santo Domingo
En una escala intermedia del hecho urbano, la evolución de este pensamiento puede verificarse en la transformación de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, uno de los territorios más emblemáticos del país. Cuarenta años antes, su lectura e intervenciones respondían a una visión romántica de las primacías. Como describía Amparo Chantada en Arquitexto 3: la Atenas del Nuevo Mundo era un mito urbanístico que comenzaba a desvanecerse. En la siguiente década fuimos testigos del impulso de obras que preparaban la ciudad para la celebración del quinto centenario. Primaba todavía una visión cosmética y museística: una ciudad pensada para la conservación monumental y orientada al turismo. Dos décadas después, iniciativas como el Programa de Fomento del Turismo en la Ciudad Colonial y el rediseño de calles priorizadas evidencian un giro conceptual. Actualmente la revitalización se entiende como un proceso continuo, no un evento conmemorativo. La conservación y puesta en valor no es una operación cosmética sino un proyecto de ciudad en el que se prioriza al peatón y se apuesta por el residente como protagonista de la transformación urbana que genera valor social y económico.

Movilidad urbana
Uno de los temas urbanos de mayor interés, sobre todo en los últimos años, ha sido la movilidad. Desde antes de que los pasos a desnivel de la ciudad de Santo Domingo fueran una realidad en 1997, Arquitexto 17 publicaba un artículo en el que se ponderaba si estas intervenciones ofrecían una solución integral o puntual. Los expertos planteaban otras posibilidades que abogaban por soluciones que no solo pensaban en el automóvil como protagonista de las soluciones viales. Bajo el slogan “Lo que hoy son tapones mañana serán soluciones” se vendían estas ideas de la movilidad urbana. La llegada del metro transformó la estructura urbana y el imaginario colectivo. La discusión sobre transporte público, entrega de carga en horarios no laborables y movilidad integral fueron temas documentados que hoy siguen vigentes. Con la incorporación del metro y del teleférico a la ciudad (Arquitexto 67 y 103) no solo se analizó la infraestructura, sino la oportunidad de reconfigurar centralidades y densidades. Hoy, frente a una propuesta de sistema integrado de transporte, seguimos enfrentados a una ciudad donde la movilidad continúa siendo uno de los principales desafíos urbanos, que mantiene la dependencia del vehículo privado y que presenta como reto un sistema de transporte masivo interurbano eficiente, integrado y multimodal.

Densificación y normativas urbanas
La regulación urbana ha sido un tema ampliamente tratado en Arquitexto, desde los debates sobre el uso de los terrenos del antiguo hipódromo Perla Antillana hasta la configuración del polígono central. Arquitexto ha respaldado estas regulaciones urbanas publicando guías fundamentales como la Guía Operativa de Normas Urbanas del Polígono Central y la Guía de Arbolado Urbano del Distrito Nacional, documentos que siguen siendo recursos valiosos para muchos profesionales y estudiantes. Sin embargo, la comprensión de la normativa, su efecto y las áreas que deben ser reguladas continúa siendo un reto. Se requieren esfuerzos adicionales para abordar el crecimiento y desarrollo de nuestro territorio y ciudades. Será necesario generar datos urbanos y desarrollar nuevas estrategias de regulación para abordar temas como la densificación, alturas, concentración de usos, dentro de otros aspectos que causan grandes debates y conflictos. Proyectos como el plan parcial del ensanche La Fe y entornos representan los primeros pasos hacia una regulación más efectiva en este sentido.

Otro aspecto a destacar es que la historia y la transformación de los barrios son fundamentales para comprender la ciudad dominicana. Varias ediciones evidencian de manera palpable las tensiones entre conservación, desarrollo y equidad urbana. Por ejemplo, Gascue se menciona con frecuencia en el debate sobre la conservación de su patrimonio moderno. La presión de la especulación inmobiliaria, sumada a la falta de legislación e incentivos para su conservación, nos hace hoy testigos de la pérdida de gran parte de su arquitectura, arbolado y ambiente urbano asociados al modelo de ciudad jardín. Lo mismo ha ocurrido con los barrios del polígono central como Naco, Piantini y Evaristo Morales, entre otros. Residencias representativas del movimiento moderno y de otros estilos han sido sustituidas por torres que aumentan la densidad del sector sin una adecuada planificación de infraestructura.
Este fenómeno se empieza a repetir en otras ciudades, como Santiago de los Caballeros, un patrón de transformación urbana que plantea serios desafíos. Persisten deficiencias de la red vial, limitaciones de los servicios comunitarios y el espacio público. El aumento de torres residenciales, administrativas y de uso mixto en las áreas centrales evidencia una dinámica impulsada más por la rentabilidad económica que por una planificación integral. Esta situación contrasta con sectores con potencial, como los barrios de la zona norte, que permanecen relegados del desarrollo.
La realidad urbana precaria y su evolución han sido temas recurrentes de las páginas de Arquitexto. En la edición 30, el Plan Resure fue analizado, mientras que en las ediciones 84, 96, 101 y 123 se documentaron La Nueva Barquita y Domingo Savio como territorios que representan tanto desafíos como esperanzas. La construcción física y humana de La Nueva Barquita mostró que la vivienda también es proyecto social. La transformación de barrios históricamente vulnerables en entornos con parques y equipamientos no solo mejora la imagen urbana, también redefine las oportunidades sociales. El caso de Nuevo Domingo Savio y su paseo del río se inscribe en una lógica de integración territorial que busca revertir décadas de ocupación informal de zonas de riesgo y exclusión. Estos proyectos evidencian logros significativos: articulación entre infraestructura hidráulica, espacio público y vivienda, recuperación ambiental, y mayor visibilidad de comunidades tradicionalmente marginadas. El crecimiento informal y el déficit habitacional cuantitativo y cualitativo siguen siendo retos importantes que se adeudan a los dominicanos.
El espacio público
En la escala más próxima de la experiencia urbana, el espacio público ha sido uno de los temas más recurrentes de los artículos urbanos publicados. Desde arquitectura para el ciudadano (Arquitexto 6) se abría el debate de la presencia y calidad del espacio público en la República Dominicana y se abogaba por estos espacios como una necesidad impostergable. Además, la pandemia provocó la generación de múltiples reflexiones sobre el espacio público y su uso durante este periodo marcado por severas restricciones de movilidad. En estas cuatro décadas hemos documentado los esfuerzos por reivindicar este espacio público en sus diferentes escalas en todo el territorio nacional: el Parque Mirador del Norte, el Parque Mirador Sosúa, el Parque de las Flores, Cristo Park y la recuperación de espacios públicos del Distrito Nacional en los últimos años. Estas intervenciones, diversas en escala y alcance, comparten una misma aspiración: recuperar el espacio colectivo como soporte de la vida urbana.

Dentro de los espacios públicos, el malecón de Santo Domingo ha sido objeto recurrente de reflexión con una pregunta que persiste: ¿Cómo reconciliar infraestructura vial, paisaje costero y vida urbana? La peatonalización de la calle El Conde en los años ochenta marcó una experiencia pionera en lo que a espacio público se refiere. Décadas más tarde, la activación urbana de la calle General Luperón y el Paseo Comercial Duarte confirmaron que las intervenciones más recientes apuestan por la estrategia contemporánea de devolver la calle al peatón. Nos quedan muchas tareas pendientes en esta dimensión del territorio: entender la calle como el espacio público por excelencia, un malecón integrado a la ciudad, la revitalización de la calle El Conde y la adecuación del entorno urbano de las estaciones del metro, por mencionar algunas.
Colofón
Mirar atrás en el panorama urbano dominicano revela una evolución hacia una comprensión más integral del territorio: de la expansión sin límites a la planificación estratégica, del automóvil como protagonista al peatón y del transporte individual al público, del turismo extractivo al turismo sostenible. El reto de las próximas décadas será profundizar lo aprendido: consolidar ciudades inclusivas, resilientes y culturalmente vibrantes, capaces de generar valor social y económico.
Arquitexto cumple cuarenta años y, con ello, reafirma su vocación urbana y de planificación del territorio: seguir pensando la ciudad y el territorio, señalando sus sombras y celebrando sus luces, impulsando un proyecto urbano y territorial centrado en el ciudadano y una mejora sustancial de su calidad de vida. Arquitexto seguirá en los próximos números ampliando esta conversación, integrando nuevas voces y proyectando un país donde la planificación urbana y territorial no sea excepción sino norma, donde el desarrollo no comprometa el paisaje y donde la ciudad, en todas sus escalas, sea escenario de bienestar colectivo. Cuarenta años después hemos avanzado, pero el desafío hacia adelante no es menor. El territorio y las ciudades dominicanas están en construcción permanente y la reflexión que les acompaña desde Arquitexto y sus páginas, también.


