Este texto reflexiona sobre el oficio de hacer arquitectura en la República Dominicana y la responsabilidad social de quienes la ejercen frente a la ciudad. Entre las presiones del mercado y las aspiraciones culturales de la disciplina, plantea la necesidad de recuperar el valor de la buena arquitectura como herramienta para mejorar la calidad urbana, la equidad social y la construcción de país.
Los seres humanos somos, ante todo, entes sociales, y gran parte de nuestras actividades se desarrollan dentro de los edificios o entre ellos. Nuestras emociones están condicionadas por nuestro entorno construido. La importancia de los que ejercen la arquitectura radica en su capacidad para entender ese valor intangible que se hace evidente en la forma en que habitamos la ciudad y que se manifiesta en un ambiente acogedor, donde caminar es un placer facilitado por la sombra y la escala humana. Es en ese diseño vibrante donde surge una economía orgánica entre residentes y comerciantes que activan la vida de la calle, y que solo puede florecer cuando la arquitectura invita a permanecer. Ciudades como Barcelona, Singapur, Bogotá o Medellín han demostrado que cuando la arquitectura se integra en la planificación pública, se logra construir una sociedad más equitativa. El diseño no es un lujo, es una herramienta de justicia social.

ARQ. RAFAEL CALVENTI CON P. PIÑA, L. SCHIFFINO | 1978 | FOTO: FERNANDO CALZADA
El oficio de la arquitectura es, en esencia, el arte de soñar con los pies sobre la tierra. Es imaginar el mañana que deseamos hoy, dentro de las demandas del mercado, las regulaciones y los métodos constructivos actuales. Ahí reside la necesidad intrínseca de la arquitectura, poder transformar la rentabilidad en calidad espacial, las regulaciones en oportunidades, y lograr una obra construida acorde a su época. Como arquitectos, tenemos una responsabilidad ética con el transeúnte anónimo. Ese ciudadano que nunca entrará al edificio, que no conoce el nombre del autor, el cual verá su estado de ánimo y su calidad de vida afectados diariamente por la relación de esos edificios con la ciudad.
El complejo del Banco Central de la República Dominicana es quizá el ejemplo más sublime del siglo XX de cómo la arquitectura institucional puede ser imponente sin ser hostil. El conjunto se concibió para pertenecer a la ciudad y ser parte de ella. Su éxito radica en la sección urbana. El equipo encabezado por Rafael Calventi no agotó el solar con una huella masiva; creó una plaza y un juego de volúmenes que permiten que el aire y la mirada circulen. La utilización del hormigón visto no fue un capricho estético, sino una respuesta tectónica a nuestra realidad: un material que envejece con dignidad bajo el salitre y el sol caribeño que proyecta sombras profundas manteniendo un confort térmico para sus usuarios. El edificio no “pide permiso” para estar ahí, pero tampoco agrede al transeúnte; ofrece un hito visual que organiza el caos del entorno.
En la actualidad, los arquitectos y promotores Sánchez y Curiel a lo largo de su carrera han integrado sus edificios a la ciudad de manera amigable. Sus obras dialogan con la calle, respetan la escala y aportan un valor estético que eleva el entorno donde se emplazan. La firma de arquitectura Pérez Morales logró una plaza comercial de pequeña escala que responde de forma maestra a nuestro clima, cultura e identidad, respetando y agregando un valor inmenso a su contexto. Un caso reciente que merece la pena mencionar es la recuperación de la cañada de Cristo Rey, una intervención de escala urbana encargada por la CAASD. La arquitecta paisajista Massiel Mejiía demostró que a través del diseño de una infraestructura pública se puede crear un parque lineal que sirve de motor a una gran transformación social. Cuando el arquitecto entiende su rol social, el diseño agrega valor.
Lamentablemente estos ejemplos no son la norma, sino más bien excepciones. Muchas de las torres contemporáneas de nuestras calles son objetos anónimos e ignoran por completo la ciudad, y crean un paisaje urbano desmotivador y caótico. Las instituciones públicas y privadas, salvo algunas excepciones, han olvidado el simbolismo que representa para una nación sus edificios. El profesional dominicano, en su gran mayoría, ha aceptado ser un facilitador de trámites, un simple decorador de la voracidad inmobiliaria, un gestor de espacios austeros. En un país donde construir es una necesidad primaria, la finalidad se reduce peligrosamente a “metros cuadrados vendibles”.
A menudo escucho en el sector de la construcción referirse al proyecto como “producto” y esto revela la trampa en la que hemos caído. Un producto se consume y se desecha. Un proyecto arquitectónico se habita y trasciende en el tiempo. Cuando el diseño se reduce a un producto, se vuelve banal. Se prioriza el “empaque” (el render llamativo para redes sociales) sobre la sustancia (la ventilación cruzada, la iluminación natural, la flexibilidad de los espacios, el emplazamiento en su contexto). Esta lógica inmobiliaria afecta de manera directa el valor y potencial de nuestra profesión. Surge entonces el gran dilema existencial del arquitecto: responder al mercado y subordinar su ejercicio a la eficiencia económica, vaciando de alma sus obras, o refugiarse en su condición de “artista” con una subjetividad que a menudo ignora las necesidades reales de la gente y los límites de la técnica. El arquitecto que solo responde a lo económico no ejerce su función, el que solo responde al arte, solo ejerce un fin cosmético. Podemos y debemos jugar ambos roles.
La arquitectura es la síntesis de las condiciones técnicas, artísticas y sociales de una época. En la carrera por responder a los tiempos del mercado hemos sacrificado el análisis, la discusión y el cuestionamiento de lo que estamos construyendo. Estamos llenando nuestro territorio de hormigón sin detenernos a preguntar qué país queremos tener.
¿Cuál debería ser nuestro rol en nuestro contexto? ¿Continuar resolviendo el programa funcional dibujando cuatro paredes y un techo? ¿”Maquillar” una fachada para que sea “bonita” y se venda rápido? ¿Dibujar lo que el cliente pide, porque al final del día esto es un “servicio” y el que paga manda? ¿O debemos asumir nuestra responsabilidad ética y moral ante la sociedad? Entender que la arquitectura responde a múltiples actores, al cliente que paga, al usuario que la habita, al Estado que la regula, al mercado que la condiciona, a la sociedad que la observa y al medioambiente que la sufre o la agradece.
Reflexionar sobre la práctica de la arquitectura en la República Dominicana hoy, sin analizar las dinámicas económicas, sería una irresponsabilidad. Vivimos en una era en la que la globalización y los mercados de capitales han reducido la disciplina de proyectar a una tabla de Excel. La arquitectura corre el riesgo de convertirse en un simple subproducto financiero en el que la rentabilidad es el único norte. Si seguimos permitiendo que el mercado sea el único arquitecto de nuestra nación, el veredicto del futuro será implacable. Lo estamos viviendo en la ciudad que hemos construido durante los últimos treinta años. En cambio, si aceptamos el desafío de hacer arquitectura en el sentido más amplio de la palabra, soñar con los pies sobre la tierra, abogar por el transeúnte, ser estrategas de la luz y el espacio, entonces tendremos la oportunidad de transformar esta isla en un lugar más justo, más fresco y más humano. La arquitectura es la huella física que deja una civilización. La arquitectura hablará de nosotros, de nuestras ambiciones o de nuestras carencias.
Debemos ser pensadores críticos, no solo dibujantes, educarnos en finanzas para poder debatir con argumentos sólidos, ser sensibles con el medioambiente y, sobre todo, ser profundamente éticos para poder decir “no” cuando usea necesario. Por otro lado, el Estado dominicano y los gobiernos locales deben confiar en la arquitectura como estrategia de desarrollo, promover el estudio y análisis de soluciones que vayan más allá de su periodo electoral, establecer normativas y parámetros claros que permitan crear espacios públicos de calidad. El diseño debe permear toda estrategia pública, desde la escuela rural hasta el gran hito urbano. Por último, el cliente debe ver al profesional de la arquitectura como su aliado. Los edificios nos pertenecen a todos, son y siempre serán nuestro “patrimonio”.
Debemos hacer el pulso hacia una arquitectura de calidad, en la que el buen diseño deje de ser la excepción y se convierta en la norma. Tenemos la formación y los referentes que demuestran que es posible. Apostemos por una práctica coherente entre nuestro discurso y lo que hacemos, donde la excelencia en el diseño se entienda como compromiso social y sea visto como una estrategia colectiva y no como un lujo privado.
Soñemos juntos y juntos transformaremos el escenario de nuestras vidas y la de toda una nación. ¡La ciudad será nuestro testimonio! ¿Tuvimos o no la valentía de imaginar una República Dominicana mejor de la que recibimos?
La arquitectura es mucho más que cuatro paredes y un techo. Es el arte de dar cobijo a la esperanza humana.
JOSÉ MARION-LANDAIS Arquitecto (UNIBE, 2002) especializado en arquitectura sostenible en el Ecosa Institute (Arizona). Tras una etapa profesional en Barcelona (2004-2011), en 2012 funda Pulso Arquitectura, donde desarrolla una práctica centrada en el pensamiento crítico, el contexto y la calidad espacial. Su trabajo explora la relación entre edificio y ciudad. Ganador del primer premio de obra construida en la XII BIAURD 2024.


