Seleccionar cuarenta obras para conmemorar los cuarenta años de Arquitexto no fue un ejercicio de preferencia estética, sino de lectura crítica. No partimos de una nostalgia complaciente, sino de la voluntad de volver a mirar —con distancia y con rigor— la arquitectura dominicana que la revista ha documentado desde 1986. Revisar nuestras propias páginas fue también releer la evolución de la disciplina: sus avances, sus tensiones, sus momentos de ruptura y sus aprendizajes acumulados.
El primer criterio respondió al propio aniversario: una obra por cada año de la revista. El segundo, más complejo y exigente, consistió en identificar proyectos que representaron en su momento una respuesta arquitectónica significativa: por su tipología, su funcionalidad, su innovación formal o tecnológica, o por haber abierto caminos dentro del ejercicio profesional dominicano.
La curaduría fue ardua. Implicó revisar décadas completas y reconocer que cada período construyó sus propias búsquedas, aspiraciones y lenguajes. La primera selección superaba el centenar de obras. Muchas otras merecían figurar en este recuento. Reducir ese universo a cuarenta edificaciones implicó una labor rigurosa y, por momentos, titánica. Fue un trabajo asumido por el comité editorial en pleno, donde cada integrante aportó su reflexión, su memoria y su punto de vista. Hubo debates —algunos intensos— que lejos de contrariar, enriquecieron la mirada colectiva y permitieron afinar criterios. Intentamos, además, no repetir estudios, con el propósito de ofrecer un panorama lo más amplio y representativo posible de la producción nacional.
El resultado es deliberadamente diverso. Cada década dejó su impronta: el uso expresivo del hormigón en los años ochenta que marcó la institucionalidad de la época y, paralelamente, el inicio del crecimiento turístico que, hacia el final de esa década y ya entrados los noventa, se consolidó como motor decisivo de transformación territorial. En ese contexto surgieron las primeras tipologías hoteleras que buscaron una expresión arquitectónica vinculada al imaginario caribeño y a las condiciones climáticas locales.
Más adelante, los años dos mil marcaron una etapa de consolidación urbana y económica que se expresó en la arquitectura a través de infraestructuras comerciales, financieras y culturales de mayor escala y complejidad. La verticalización del polígono central en la capital, la aparición de torres corporativas con tecnologías de fachada más complejas, equipamientos culturales de escala institucional y alto desempeño técnico y la transformación de la tipología del supermercado, así como la consolidación del centro comercial como nueva centralidad, redefinieron la imagen contemporánea de la ciudad.
En la última década, el acento se desplazó hacia una arquitectura más consciente de su impacto ambiental y territorial. El modelo turístico avanzó hacia una fase de mayor elegancia, aparecieron desarrollos residenciales de alta gama, complejos para turismo deportivo y de salud que introdujeron nuevas escalas de intervención. Esta evolución amplió el alcance y obligó a la arquitectura a dialogar no solo con el clima, sino también con normativas internacionales, estándares ambientales y nuevas expectativas del mercado internacional.
Algunas de estas cuarenta obras están abandonadas; otras, lamentablemente, han sido transformadas o han cambiado junto con la ciudad. Su inclusión no responde a su estado actual, sino a la trascendencia que tuvieron en su momento y a la manera en que ampliaron el horizonte de nuestra disciplina. Otras, vistas con la sensibilidad contemporánea, pueden no responder a los códigos formales vigentes. Sin embargo, en su tiempo cada una expresó una voluntad de modernidad, una interpretación particular del clima y del territorio, o una apuesta tecnológica propia de su momento histórico.
Más que un catálogo exhaustivo, esta selección adopta un carácter antológico: propone un recorrido de cuarenta años de práctica arquitectónica, con sus continuidades y sus contrastes, sus búsquedas y sus transformaciones. En conjunto, estas obras permiten leer la evolución de la arquitectura dominicana en sus distintas escalas y ámbitos. No representan la totalidad del paisaje edificado —con sus luces y sombras—, sino aquellos momentos en los que la disciplina alcanzó especial claridad y coherencia.
Esta selección convive, por tanto, con otras lecturas críticas sobre el devenir de nuestra arquitectura. Junto con las más de setecientas obras y proyectos publicados a lo largo de cuatro décadas, conforman un cuerpo documental que nos llena de orgullo y que, construido con continuidad y rigor, hoy ofrece una lectura amplia, compleja y matizada de nuestra producción arquitectónica.
En estas cuarenta obras se condensan cuatro décadas de aspiraciones, debates, desaciertos y aprendizajes. Son, en definitiva, registros vivos de una memoria construida.
Toda arquitectura que se documenta, permanece










































